Una de las lecciones que se me quedaron grabadas de mis libros de primaria fue la que a continuación publico, se llama "Dedos de luna", y recuerdo que la leía todos los días (era de las largas para mí a esa edad,jejeje), me encantaba y me hacía llorar cada vez que la leía... ¿la recuerdas?, en fin, hace poco la encontré en internet, y de ahí el nombre de mi blog...
DEDOS DE LUNA
Toño vivía en Guerrero y trabajaba con su abuelo, don Gregorio, que era la persona más tierna que conocía. Más tierno que la hierba mecida por el viento y que las palomas que se arrullaban en el camino.Don Gregorio hacía las máscaras que se utilizaban para la danza de la cosecha: retratos esmaltados y brillantes, diablos de ojos penetrantes, reyes, murciélagos o sapos, monstruos de ojos vacíos. Las hacía en zompantle, que es una madera seca y ligera.- Una máscara no debe ser una carga -decía el abuelo-, sino parte de la cara: ligerita como un velo para que hasta los pies se sientan livianos cuando bailen por el cambio de estación.Un día, escuchando a su abuelo, Toño se quedó mirándole las manos. Eran unas manos maravillosas, morenas, bordadas de arrugas y gruesas venas. No eran grandes, sino largas y fuertes, de uñas anchas y planas, rematadas por lunas blancas.-Abuelito -dijo Toño-, tienes lunas en los dedos, ¡mira qué grandes y blancas!- Sí -dijo el abuelo: sus ojos oscuros chispearon con humor- tengo dedos de luna.- ¡Dedos de luna!, ¡dedos de luna! - Toño se reía y bailaba con una máscara a medio terminar.A veces, mientras trabajaban, don Gregorio le contaba las historias de danzas que tanto le gustaban al niño. También paseaban y se reían juntos.
Un día, don Gregorio colgó lentamente una máscara en la pared, que relucía con el reflejo del sol poniente. Era la cara de un anciano.- Creo que ésta será la última máscara -dijo- Cuando me vaya, tú vas a hacer las máscara.- No, no te irás, abuelo -dijo toño- Te quedarás conmigo para enseñarme a tallar y a pintar.- Pero no siempre -dijo el anciano.Una noche, días después, apareció en el cielo una media luna. Un tecolote cantaba. Y don Gregorio murió.Toño no podía creer que su abuelo se hubiera ido. Sentía dentro de él una soledad desconocida.Un día, Toño caminó con desgano hacia el taller. El olor a pintura y madera lo saludó y las lágrimas llenaron sus ojos. Pensó en los dedos de luna. ¡Cómo le hubiera gustado acaricarlos!
Vio las máscaras de la pared. Miradas fijas, vacías, insolentes, y las odió. Las odiaba a todas. Quería olvidarlo todo.Y con golpes feroces arremetió contra las máscaras, enchuecando algunas y quebrando otras.Las máscara del anciano lo miraba con malicia. Toño la tiró al suelo. La cara quedó herida.-Yo también lo quería .susurró alguien en el silencio. Toño volteó lentamente. Era su madre.- No es justo -dijo Toño-, teníamos tanto qué hacer juntos. Me iba a enseñar.-Nunca estamos preparados para perder lo que queremos -lo interrumpió su mamá-. ¿No fue una alegría tener un abuelo como el tuyo, un hombre cariñoso que hizo cosas bellas? ¿No fue un gusto aprender de él?, ¡ver el mundo a través de su bondad? No te enojes por lo que no puedes cambiar -añadió la madre-. Tu abuelo se ha ido, pero tenemos recuerdo de él. Mira las máscaras que dejó.Toño no podía hablar. Levantó la máscara rota y la abrazó, entonces apreció su belleza y tranquilidad. Pensó en los dedos de luna trabajando la madera con paciencia y amor.Deseaba hacer algún día máscaras tan finas como las de su abuelo. Lo intentaría con toda su alma.
Tony Johnston